García de Verdevique: la bodega de altura que guarda la memoria de la Alpujarra granadina

En una mañana de junio conduje hacia García de Verdevique, en la Sierra de la Contraviesa, en la Alpujarra granadina. Allí me esperaba Alberto García, cuarta generación de viticultores y bodegueros. Cambié de coche y subimos a las viñas. Al bajar, el paisaje me enmudeció: viñas verdes en pendientes imposibles, el viento de la montaña y, al fondo, la cara sur del Mulhacén y el Veleta. Unas vistas que me hicieron enmudecer.  Alberto me comentó que estábamos a unos 1.400 metros sobre el nivel del mar, en una de las zonas vitícolas más altas de España. Todavía quedaban manchas de nieve en Sierra Nevada, y aquello hacía el paisaje más hermoso.

Antes de ir a los viñedos quería preguntarle todo sobre la historia de su bodega, pero al pisar aquellos suelos de pizarra entendí que la historia la estaba viendo con mis propios ojos. Como el suelo, la historia de esta bodega está formada por varias capas: tradición familiar en la Contraviesa granadina, transformación de un cortijo en bodega y adaptación a una elaboración pensada para vinos ecológicos y naturales. No hay una fecha única que lo explique todo, aunque el origen familiar se sitúa en D. José García Martín, bisabuelo de Alberto. Lo que sí hay es una meta clara: apostar por variedades locales y elaborar con cuidado.

García de Verdevique es una bodega familiar donde el viento, las pendientes, los suelos de pizarra y las viñas viejas siguen formando parte de una herencia viva. Aquí el vino está marcado por la tradición y no por una moda. Una forma de entender viñedo, tierra, clima y familia que se mantiene con naturalidad. Naturalidad que se traslada a sus vinos. Una bodega donde el tiempo parece haberse detenido porque conserva su raíz. Y esa raíz se nota en sus vinos.

Durante la visita Alberto me explicó que los viñedos viejos permanecen y algunas parcelas superan el siglo de vida. La familia conserva “todo lo que tenía mi abuelo y mi bisabuelo”. Sus vinos no pueden entenderse sin la conjunción de cielo, tierra y hombre. Cielo, porque la viticultura depende del agua de lluvia y el clima de montaña ofrece grandes contrastes entre el día y la noche, ayudando a conservar la acidez. Tierra, porque los suelos pobres de pizarra, con cuarzo y mica, obligan a las raíces a profundizar. Y también porque esa pizarra, de origen geológico marino, aporta una salinidad que después aparece en boca junto a la acidez. Hombre, porque esta familia no piensa solo en elaborar, sino en cuidar la viña: control de rendimientos, manejo de la canopia para proteger los racimos, vendimia manual y trabajo con mulas en laderas con grandes pendientes donde un tractor volcaría.

La historia de García de Verdevique se cuenta mejor desde el viñedo que desde una fecha administrativa. El origen está en D. José García Martín y en una viticultura ya presente en la zona antes de que la filoxera transformara la Contraviesa. Alberto recuerda que la extensión de viñedo en la Sierra era plena, desde las lomas hasta el barranco. Pero la filoxera, como en otras partes de Andalucía, arrasó buena parte del viñedo y empujó a muchas familias a emigrar a América. La familia García se quedó por una decisión que marcó su continuidad. El bisabuelo de Alberto había sido enviado a la guerra de Cuba en 1895 y, tras regresar, rechazó marcharse. Apostó por una comarca castigada por la filoxera y la dureza del campo.

El impulso como bodega lo tomó D. Antonio García Santiago, padre de Alberto, en 1990, al heredar de D. Francisco García Alcalde unas tierras recibidas en la década de 1980. Antonio, formado en el campo desde niño junto a su padre, transformó una tradición campesina de vino para autoconsumo o venta a granel en una bodega capaz de embotellar, criar y construir una identidad propia. Hoy, la cuarta generación, formada por Alberto y su hermano Alejandro Francisco, mantiene ese compromiso: conservar la tradición familiar mirando al futuro, con una apuesta clara por variedades locales como Vigiriego, Jaén Blanco y Jaén Negro.

Cada hectárea que adquieren es una oportunidad para recuperar variedades de la zona. Sus vinos son únicos porque nacen de un entorno único, en viñedos situados alrededor de los 1.400 metros de altitud, sobre suelos pizarrosos y laderas muy pendientes. Son terrenos en ecológico donde la familia realiza todo el proceso. Fue el padre de Alberto quien obtuvo la certificación ecológica de las viñas en 1991, una de las primeras de la Sierra de la Contraviesa. En 2010 se certificaron también los vinos, aunque Alberto lo vive como una parte administrativa: la forma de trabajar no había cambiado respecto a generaciones anteriores.

Cuando volvimos a la bodega, y entrar en cada instancia, era como si el tiempo se hubiese detenido. Pero, aunque la bodega es modesta, es profunda en identidad. Está en el cortijo “Verdevique”, un cortijo convertido en bodega donde se elaboran vinos naturales a partir de viñedos de gran altura, en un microclima entre Sierra Nevada y el Mediterráneo, es más, en línea recta sólo son 5 kilómetros al mar Mediterráneo. Alberto, que pasó una etapa formativa en Bodega César Príncipe, en la D.O. Cigales, ha reforzado su determinación de volver al patrimonio local. Variedades como Jaén Blanco, Jaén Negro, Perruno, Vijiriega, Montúa o Tinto Varetúo se están recuperando gracias a este trabajo.

El nombre García de Verdevique también habla de territorio. García es la saga familiar que cultiva estas tierras desde el siglo XIX. Verdevique procede de un topónimo histórico de la zona: una rambla o barranco de Verdevique y, por extensión, la cortijada de Los García de Verdevique. No es un apellido compuesto, sino una denominación familiar y territorial, vinculada al cortijo y al pago.

Desde el punto de vista vitivinícola, el cortijo pasó de una escala muy pequeña, con una hectárea de Vijiriega y una hectárea y media de Tempranillo, a las actuales once hectáreas de viñedo dentro de una finca de veintidós, con viñas viejas que conviven con higueras y almendros.

En 2009 los vinos fueron reconocidos oficialmente dentro de la Indicación Geográfica Protegida Cumbres del Guadalfeo, una zona marcada por la altitud, bajas temperaturas medias y maduraciones lentas. Este contexto permite alcanzar una madurez completa conservando acidez y aromas varietales, dando lugar a vinos blancos y tintos afrutados, frescos y elegantes de calidad.

La viticultura de García de Verdevique se apoya en variedades locales y una lectura precisa del territorio. Jaén Blanco, Jaén Negro, Vijiriego, Tinto Varetúo, Pedro Ximénez, Montúa, Blanco Valdepeñas, Tinto Requena o Bobal forman parte de ese patrimonio. Alberto defiende que esa mezcla era la receta tradicional del vino de costa, el clarete histórico de la Contraviesa. Frente a las variedades internacionales, lo local funciona porque lleva generaciones adaptado a sequía, frío, calor y suelo.

La sostenibilidad aquí no se presenta como eslogan. Es una agricultura ecológica de hecho, basada en laboreo, ausencia de riego y manejo del suelo con leguminosas. La familia siembra lenteja moruna entre calles, la corta en floración para fijar nutrientes y la entierra con mulas como materia orgánica. También realizan un labrado superficial para crear una capa de polvo que reduce la evaporación. Son prácticas sencillas, antiguas y eficaces, pensadas para mantener el vigor en suelos pobres.

En la bodega, barricas, fudres, escaleras y puertas antiguas, García de Verdevique trabaja como un pequeño laboratorio de memoria. Entre sus vinos destacan el Vigiriego fermentado en barrica, el orange wine “Mil Pieles”, de fermentación espontánea y maceración con pieles, el “Esquisto Brut Nature”, espumoso de Vijiriega con larga crianza sobre lías, el dulce “Laero 2018”, nacido de una botrytis inusual, y el “Costa de Verdevique 2024”, que rescata el clarete tradicional en tinas viejas de castaño. También sobreviven botas de costas y rancios con crianzas oxidativas que se remontan a la década de 1940.

Toda la visita fue muy emotiva y emocionante, sobre todo, cuando puede catar lo más simbólico, el vino del abuelo: un vino de costa conservado en cubas familiares, que se refresca cada año con pequeñas cantidades para compensar lo que absorbe la madera. En la cata emociona por su profundidad, con recuerdos oxidativos cercanos al amontillado y al oloroso. No es solo un vino: es una forma de conservar una manera antigua de elaborar en la Contraviesa, una memoria de donde vienen, y un legado que transmitir a las generaciones futuras.

García de Verdevique no es una bodega fácil de resumir. Es viña vieja, altitud, pizarra, mula, memoria familiar, variedades locales y una forma clara de entender el vino: no como un producto uniforme, sino como el resultado de un lugar concreto. Su historia demuestra que la Contraviesa no necesita imitar a nadie. Necesita ser entendida, trabajada y contada con rigor. En esa tarea, la familia García lleva generaciones haciendo algo sencillo y enorme: mantener viva una cultura del vino casi desaparecida.

Por todo esto, os animo a que visitéis esta bodega, que está dentro de la ruta de vinos de Granada, y os adentréis en su historia y degustéis sus vinos, viviendo una experiencia única. Una bodega familiar que sigue manteniendo la tradición, donde la convivencia con la naturaleza y el entorno hacen de sus vinos naturales únicos.

No quiero terminar sin agradecer a Alberto García por darme a conocer esta historia y por hacerme participe de esa tradición y sentirme parte de esa familia y de esa tierra.

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