Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos planteamos si lo que estamos haciendo es realmente lo que nos hace felices. Y una reflexión así fue la que hizo posible que hoy, en la Serranía de Ronda, exista una bodega cuya filosofía se basa precisamente en ese replanteamiento vital. Vinos honestos donde la naturaleza marca la identidad del vino. Donde el cielo, la tierra y el hombre se unen para llevar a cabo un proyecto en una zona donde el vino vuelve a escribir una nueva etapa de esplendor.
Ese punto de inflexión en la vida fue el que marcó a Christopher Scott Myers, un joven que, tras años trabajando en la City de Nueva York en el mundo de las finanzas, tomó la decisión de abandonarlo todo para tener un contacto más directo con la naturaleza. En un principio, el vino no era su punto de partida; fue más bien esa necesidad de estar conectado con la tierra lo que terminó llevándole al mundo del vino.

¿Y cómo un joven termina en la Serranía de Ronda iniciando una pequeña bodega como continuación de una filosofía de vida? Esto se lo debe, en gran parte, a su hermana Leigh, socia también de la bodega. La historia de Luisyana no comienza en Andalucía, sino en Estados Unidos, país que Myers abandona tras replantearse su futuro. Buscaba algo tangible, algo ligado a la tierra y al trabajo manual. El vino apareció entonces como una posibilidad vital más que como un simple negocio.
Myers viaja al Valle de Guadalupe, en México, una de las zonas vitivinícolas emergentes del continente americano, donde inicia su aprendizaje en el mundo del vino. Allí comenzó a familiarizarse con el viñedo, la elaboración y la filosofía de pequeños productores que entienden el vino como una expresión directa del lugar. Tiempo después, su hermana, que vivía en Ronda, le anima a visitarla y es allí donde Christopher Scott incorpora a Leigh a su nueva idea de vida. Finalmente, se traslada a España y ambos ponen en marcha un proyecto propio en la Serranía de Ronda.
Así nace una pequeña bodega familiar impulsada por dos hermanos estadounidenses que decidieron apostar por una forma de elaborar vino basada en la mínima intervención y en el respeto absoluto al paisaje. Una prolongación coherente de la filosofía de vida que llevó a Myers a replantearse su camino.
Así nació Bodega Luisyana.
El nombre de la bodega parece funcionar como un guiño evidente a Louisiana, estado de origen de los fundadores, adaptado fonéticamente al universo andaluz. Una conexión que encaja perfectamente con el espíritu del proyecto: una unión entre raíces norteamericanas y territorio rondeño.
La finca principal de Luisyana se encuentra en la Serranía de Ronda, una comarca donde la altitud y el clima marcan profundamente el carácter de los vinos. Pero antes de adquirir su propio viñedo, el proyecto también se integró en el ecosistema vitivinícola de la zona. Durante sus primeras elaboraciones, Luisyana contó con el apoyo de otras bodegas rondeñas y con el asesoramiento de la enóloga Julia Losantos. Ese detalle resulta importante porque muestra una característica muy propia de la Serranía de Ronda: la existencia de una red colaborativa entre pequeños productores que comparten conocimiento y estructura en las fases iniciales de sus proyectos.
Los hermanos Myers decidieron adquirir una finca que cuenta con tres hectáreas de Syrah de más de veinte años. La finca se sitúa a unos 750 metros de altitud, un dato clave para entender el estilo de los vinos que elaboran. En esta zona, los días cálidos contrastan con noches frescas, favoreciendo maduraciones más lentas y equilibradas.

Los suelos combinan componentes arenosos, arcillosos y francos, aportando complejidad y diferentes comportamientos dentro del mismo viñedo. Además, el entorno visual es especialmente simbólico: desde la finca se contempla Acinipo, el antiguo asentamiento romano conocido como “Ronda la Vieja”, recordando que el vino forma parte de esta tierra desde hace siglos.
Pero si hay algo que define realmente a Luisyana es su filosofía de elaboración, profundamente conectada con la visión de vida de Scott Myers: elaborar vinos exclusivamente naturales. Eso implica trabajar sin levaduras comerciales, sin clarificantes y sin sulfitos añadidos. La intervención en bodega es mínima, buscando que cada vino refleje de la forma más pura posible la fruta y el terruño de altura de la Serranía de Ronda.
En un momento en el que el término “vino natural” aparece constantemente en el discurso comercial de muchas bodegas, Luisyana intenta llevar esa idea hasta sus últimas consecuencias. El proyecto se presenta como una bodega pequeña, artesanal y profundamente vinculada al trabajo manual.

La dimensión reducida de la finca también condiciona esa manera de entender el vino. No hablamos de cientos de hectáreas ni de producciones masivas, sino de un viñedo trabajado prácticamente parcela a parcela. Esa escala permite observar con detalle el comportamiento de cada tramo de cepas y ajustar las decisiones vitícolas de manera mucho más precisa.
Sólo hay un vino que no es natural, pues todavía no tenían la bodega física para llevarlo a cabo. Se trata del primer vino que Luisyana lanzó al mercado en colaboración con otras bodegas y de la enóloga Julia Losantos, y es “Algazara 2018”.
A la Syrah inicial se han sumado recientemente otras 4,5 hectáreas plantadas con Garnacha blanca, Garnacha tinta y Garnacha gris. Esta ampliación indica una evolución clara del proyecto y una búsqueda de nuevas interpretaciones varietales dentro del contexto rondeño.
La filosofía de Scott puede beberse a través de sus vinos. El primero de ellos, “Algazara 2018”, fue descrito por la prensa regional como el primer tinto comercializado por la bodega. El nombre resulta especialmente significativo. “Algazara” es una palabra profundamente andaluza, asociada al bullicio alegre y a la celebración compartida. En cierto modo, resume bien la voluntad de integración cultural de los fundadores: no crear un proyecto extranjero en Andalucía, sino un proyecto plenamente conectado con el territorio. Es el único vino que no es natural, pues su elaboración se llevó a cabo cuando todavía no tenían bodega física.

Posteriormente apareció también el rosado “Luisyana Rosé”, reflejando el terruño de la Serranía de Ronda, donde frescura y cuerpo marcan un vino elaborado con mínima intervención, obtenido mediante sangrado —sin prensa— de la uva Syrah y sin sulfitos, clarificantes ni levaduras comerciales. Naturaleza pura e identidad con la zona.

La apertura de la nueva bodega en 2024 marcó un punto de inflexión. Desde entonces, Luisyana ha comenzado a consolidar su presencia pública con tienda online, actividades enoturísticas y un punto operativo en Arriate. Ya no se trata únicamente de un viñedo experimental o de un proyecto en fase inicial, sino de una bodega visitable que busca explicar sus vinos directamente al consumidor.
Y quizás ahí reside una de las claves más interesantes de Luisyana.
En un territorio donde el vino ha recuperado prestigio gracias a proyectos de alta calidad y fuerte identidad territorial, esta pequeña bodega aporta una mirada distinta: la de quien llega desde fuera, pero decide comprender el paisaje antes de intentar transformarlo. Luisyana no pretende competir desde el volumen ni desde el peso histórico de generaciones centenarias. Su discurso se construye desde la honestidad, la viticultura de altura y la mínima intervención.
La Serranía de Ronda lleva décadas demostrando que puede elaborar vinos con personalidad propia dentro de Andalucía. Luisyana se suma ahora a esa corriente desde una visión contemporánea y artesanal, donde el vino natural se convierte no solo en una técnica de elaboración, sino en una forma de entender el viñedo y el oficio.

Y muestra de ello es el lanzamiento, el pasado 4 de mayo, de su “Luisyana Syrah”. Un vino tinto natural, pero profundamente ligado a la identidad de la zona. Un vino donde la fruta es la protagonista y donde la tierra marca el equilibrio entre acidez y cuerpo, dando lugar a un final goloso que invita a seguir bebiendo.

Quizás todavía sea pronto para saber hasta dónde llegará el proyecto. Pero precisamente ahí también aparece parte de su atractivo: Luisyana sigue siendo una bodega en construcción, un proyecto joven que todavía está escribiendo sus primeras páginas.
Y en el vino, pocas cosas resultan tan interesantes como asistir al nacimiento de una identidad.
Os invito a visitar esta bodega, donde podréis sentir esa identidad y esa filosofía que Scott transmite en cada visita y que sus vinos trasladan directamente a los sentidos.
Luisyana es una bodega con una historia que ya puede contarse, pero que todavía tendrá muchas más historias que escribir.

No quiero terminar sin agradecer a Christopher Scott Myers por darme a conocer esta historia y por haberme hecho sentir que lo natural, cuando está bien elaborado y bien tratado, puede dar lugar a vinos con identidad, capaces de hacerte disfrutar de cada trago conectado con el lugar.